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10 de junio de 2011

CUENTOS ORIENTALES: EL ARROZ DEL SAMURÁI

Un día, estaba un samurái Takeda comiendo un cuenco de arroz, sentado en el umbral de una casa cualquiera. No había ningún alimento en toda Okinawa más barato que el arroz. Dicho de otra manera, comer arroz significaba que no se pasaba por un buen momento económico. Pasó un samurái de la corte personal del emperador y le dijo:


-"!Ay, Takeda-San! Si aprendieras a ser más sumiso y a adular un poco más al emperador, no tendrías que comer tanto arroz".


Takeda dejó de comer, levantó la vista, y mirando al acaudalado samurái intensamente, contestó:


- "Ay de ti, hermano bushi. Si aprendieras a comer un poco de arroz, no tendrías que ser sumiso y adular tanto al emperador".

1 de enero de 2011

CUENTOS ORIENTALES: EL JINETE

Un jinete vio que un escorpión se introducía en la garganta de un hombre que dormía al borde del camino. El jinete descabalgó, despertó con el látigo al hombre dormido y le obligó a comer unos excrementos que había en el suelo. El hombre chilló de asco y de dolor.

-¿Por qué me haces esto? ¿Qué te he hecho yo?

El jinete continuaba azotándolo y obligándolo a comer los excrementos. Instantes después, el hombre vomitó el contenido del estómago con el escorpión. Comprendió lo ocurrido y le mostró todo su agradecimiento al jinete por haberle salvado la vida. Pero le preguntó:

-¿Por qué simplemente no me despertaste? ¿Por qué utilizaste el látigo?

-Había que actuar con mucha rapidez. Si sólo te hubiera despertado, te habrías paralizado de miedo o habrías escapado corriendo, y también te hubieras negado a ingerir los excrementos, que son los que te han provocado convulsiones y han evitado que el escorpión te picara.

El hombre salvado, muy agradecido, le regaló una sortija. El jinete se despidió y partió a galope. No lejos de allí, dos aldeanos habían visto desde la distancia lo que había pasado y narraron así los hechos a sus paisanos unas horas después:

-Amigos, hemos sido testigos de unos hechos lamentables y que revelan la maldad de algunos seres humanos. Un labrador dormía plácidamente al borde del camino; entonces llegó un hombre montado a caballo y, pensando que el campesino le obstaculizaba el paso, comenzó a atizarlo brutalmente con su látigo. No contento con eso, le obligó a comer excrementos y encima le robó una sortija. Pero le hemos dado su merecido. Le hemos esperado a la vuelta de un recodo, le hemos descabalgado y le hemos dado una paliza que no va a olvidar en toda su vida.

23 de diciembre de 2010

CUENTOS ORIENTALES: LA MONEDA DE PLATA

En una taberna del antiguo Japón feudal se habían reunido un grupo de samuráis amigos. Estaban charlando sin cesar y a cierta distancia, saboreando una taza de té, había un anciano monje zen absorto en sus reflexiones. Uno de los amigos dijo:

  -Estoy preocupado. Presté a un desconocido una moneda de plata y no tengo ningún testigo de ello, por lo que puede negar que le haya hehco el préstamo y me quedaré sin dinero.

Como el hombre estaba muy confundido y nervioso, los amigos comenzaron a consolarlo, pero sin saber darle una solución a su problema.

  -Si el hombre no me devuelve ese dinero -dijo el apenado samurái acreedor-, mi mujer me va a matar cuando lo descubra. ¿Qué puedo hacer?

Uno de los amigos, percatándose de la presencia del monje zen en la taberna, dijo:

  -¿Por qué no le preguntamos al viejo monje? Tal vez a él se le ocurra algo.

Los otros hombre replicaron :

  -¿Pero eres tonto o estás loco? Ese hombre está en las nubes.

El anciano escuchó lo que decían, se hacercó a ellos y dijo:

  -Perdonad que intervenga, amigos -y después se dirigió al hombre compungido y le aconsejó-: Reúnete en compañia de tus amigos con ese hombre y dile que te devuelva las diez monedas de plata que le prestaste.

  -¡Pero si sólo le presté una moneda! -replicó el samurái, desconcertado.

Y el monje zen dijo:

  -Será lo que él te conteste en seguida y ya tendrás testigos. Entonces podrás obligarle a que te pague.